Ensayo.
Por Esteban García Varela
Vivimos en una época donde el malestar ha dejado de ser escuchado para ser etiquetado. En nombre de la salud mental, se extienden diagnósticos rápidos, masivos y muchas veces vacíos de fundamento clínico o ético. Se patologiza el duelo, la soledad, la desorientación, el cansancio. Lo que antes era una pregunta, hoy se convierte en un nombre médico. Y una vez nombrado, ese malestar es neutralizado y, sobre todo, culpabilizado.
Michel Foucault, en Historia de la locura en la época clásica (1961), mostró cómo la modernidad creó al loco como figura a excluir: “La exclusión de la locura no fue un acto médico, sino un acto moral y político”. El loco no se cura, se separa. Esa tradición persiste hoy bajo nuevas formas: el sujeto que no se adapta al rendimiento, al entusiasmo, al progreso constante, es señalado. Diagnosticado. Encerrado, no ya en manicomios, sino en el aislamiento simbólico del “eres el problema”.
José María Álvarez retoma y radicaliza esta crítica en La invención de las enfermedades mentales (1999). Sostiene que la psiquiatría ha construido entidades clínicas como fetiches ideológicos, muchas veces sin suficiente respaldo empírico:
“No hay enfermedad mental hasta que alguien dice que la hay. Y muchas veces, ni aun entonces”. Esta psiquiatría convierte el malestar en mercancía diagnóstica. Lo que se espera del paciente no es comprensión, sino obediencia. Una adaptación sumisa al tratamiento.
Pero el problema no es solo epistemológico, sino profundamente político y generacional. Estamos ante una crisis de salud mental colectiva, especialmente visible en América Latina. Los sistemas están colapsados, los profesionales desbordados, y las personas, solas.
Las nuevas generaciones —los Alfa y los Beta— nacen en un entorno marcado por la ansiedad climática, la precariedad laboral, el aislamiento digital y la hipervigilancia emocional. Como resultado, el suicidio, la depresión, la disociación y el agotamiento se están convirtiendo en la norma, no en la excepción.
Aquí es donde debe decirse con claridad: el síntoma es ahora. No se puede posponer su escucha para una “vida mejor” después de esta. No es justo decirle a quien sufre que su dolor será comprendido “en otro plano” o que “todo pasa por algo”. Como señala Lacan en su Seminario 11: “El inconsciente no espera. Se presenta. Es ahora, o no es”. Posponer el malestar equivale a negarlo.
El cine contemporáneo lo ilustra de forma perturbadora. Joker (Todd Phillips, 2019) no es solo una película, es un diagnóstico cultural.
Arthur Fleck no “se enferma”: es marginado, silenciado, burlado y abandonado por el sistema. Su “locura” no es una falla interna, sino una respuesta extrema a un entorno inhumano. El Estado no lo escucha, la terapia no lo contiene, la sociedad lo convierte en chivo expiatorio. Su estallido es el síntoma no escuchado de millones.
Frente a este vacío de escucha, aparecen nuevos ídolos: la espiritualidad edulcorada y la metafísica de consumo rápido. No es la religión lo que se analiza aquí, sino su uso como sedante. La proliferación de frases hechas —“todo sucede por algo”, “el universo tiene un plan”, “atraes lo que vibras”— oculta una verdad incómoda: el dolor no tiene solución inmediata, y muchas veces no tiene solución alguna.
Lo que necesita no es explicación, sino presencia.
A esto se suma un fenómeno preocupante: la transformación de marcas, gurús y pseudociencias en nuevos cultos emocionales.
Las películas post-apocalípticas ya lo anticipaban: cuando el mundo colapsa, surgen nuevas sectas. Hoy lo vemos en tiempo real. Cada nuevo sistema de productividad, cada dieta emocional, cada tendencia psicológica disfrazada de novedad —cuando no es más que un refrito de ideas esotéricas o espiritualidades desarraigadas— se presenta como revelación cuando en realidad es repetición. Se busca sentido no para vivir mejor, sino para no sentir que se está muriendo por dentro.
Pero el síntoma no se borra con slogans. Como dice Lacan en el Seminario V, “el síntoma es una metáfora, una forma cifrada de verdad que el sujeto no puede decir de otra manera”. No es ruido ni error: es mensaje. Es el lenguaje que habla cuando todo lo demás falla.
Y si seguimos negándolo, clasificándolo, estetizándolo o maquillándolo con espiritualidades prêt-à-porter, lo que quedará no será el alivio, sino una cultura del sufrimiento disfrazado de iluminación.
Lo que necesitamos hoy no son más etiquetas ni más consuelos. Necesitamos recuperar la dignidad de escuchar el malestar, de preguntarnos por su sentido y su estructura. Porque no estamos ante una epidemia de enfermedades mentales, sino ante un fracaso ético, social y simbólico.
Y ese fracaso, si no se nombra, se repetirá como culto, como mercado y como ruina.